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4º DISCURSO
DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE EEUU EN VISITA AD LIMINA

31-III-1998

Documentos Palabra n. 49

 

LOS OBISPOS, SUCESORES DE LOS APÓSTOLES

 

 

El obispo, Maestro del Evangelio:

 

“En su diócesis, el obispo declara la fe de la Iglesia con la autoridad que deriva de su ordenación episcopal y de su comunión con el colegio de los obispos bajo su cabeza (cf. Lumen gentium n. 22)” (n. 2)

El obispo ilumina las cuestiones actuales con la luz del Evangelio y esto requiere “que el obispo sea un hombre de firme fe sobrenatural y sólida fidelidad a Cristo y a su Iglesia” (n. 2)

Los obispos enseñan con autoridad y, a la vez, con gran humildad por ser servidores de la palabra, no dueños. Para que la predicación sea eficaz es necesaria la oración y que la vida del obispo sea ejemplar.

“La predicación del mensaje evangélico requiere efectivamente oración personal, estudio y reflexión constantes, así como consulta a consejeros preparados”. (n. 3)

Es necesario encontrar tiempo para el estudio, la reflexión y la oración.

El obispo “debe proclamar valientemente la verdad, incluso cuando ello signifique desafiar las opiniones comunes de la sociedad” (n. 4)

El obispo debe usar para su ministerio: las homilías, cartas pastorales, conferencias y medios de comunicación social.

“Además, su enseñanza debe caracterizarse por la caridad, de acuerdo con las palabras de Pablo a Timoteo: <<A un siervo del Señor no le conviene altercar, sino ser amable con todos, pronto a enseñar, sufrido, y que corrija con mansedumbre a los adversarios>> (2 Tm 2, 24-25)” (n. 4)

 

 

El gobierno pastoral:

 

La tarea de apacentar a la porción del pueblo de Dios encomendada tiene como modelo el ejemplo de Cristo, buen Pastor. El pueblo de Dios escuchará su voz si percibe que su testimonio es auténtico, dedicándose a las cosas esenciales del Padre.

 

“Para afrontar las necesidades de los tiempos modernos, las diócesis han creado frecuentemente complejas estructuras y gran variedad de oficinas diocesanas, que proporcionan asistencia en el ejercicio del gobierno pastoral. Sin embargo, como obispos debéis preocuparos por salvaguardar la naturaleza personal de vuestro gobierno, dedicando mucho tiempo a conocer los puntos fuertes y los débiles de vuestras diócesis, las expectativas y las necesidades de los fieles, sus tradiciones y sus carismas, el ambiente social en que viven, y los problemas que tienen que afrontar a largo plazo. Esto significa asegurar que las estructuras, necesarias hoy para guiar una diócesis, no impidan precisamente lo que deben facilitar: el contacto del obispo con su pueblo y su misión evangelizadora. En el sínodo se subrayó el hecho de que hoy es demasiado fácil para un obispo delegar en otros su responsabilidad de evangelizar y catequizar, transformándose en prisionero de sus propias obligaciones administrativas. Ya que nuestro misterio está ordenado siempre a la construcción del cuerpo de la Iglesia en la verdad y la santidad (cf Lumen gentium, 27), el ejercicio de la autoridad episcopal no es nunca una mera necesidad administrativa, sino un testimonio de la verdad sobre Dios y el servicio para el bien de todos. Para guiar a los hombres hacia la plenitud de Jesucristo, debemos efectivamente <<realizar la función del evangelizador>> (2 Tm 4, 5). Ninguna otra tarea es tan urgente como esta” (n. 5)

Con sus sacerdotes el obispo ha de ser maestro, padre, amigo y hermano. Preocupado por su “bienestar espiritual y material”.

La caridad pastoral y el espíritu de comunión “entre el obispo y los sacerdotes es vital para la eficacia del apostolado” (n. 6)

 

 

Las conferencias episcopales:

 

Las conferencias episcopales son “instrumentos para ejercer la colegialidad entre los obispos que deriva de la ordenación y de la comunión jerárquica. La conferencia existe para intercambiar experiencias pastorales y permitir un enfoque común de las diversas cuestiones que se plantean en la vida de la Iglesia, en una región o un país” (n. 7)

“La conferencia episcopal debe encontrar el modo de ser verdaderamente eficaz sin debilitar la enseñanza y la autoridad pastoral propias únicamente del obispo. Sus estructuras administrativas no deben convertirse en un fin en sí mismo; al contrario, tienen que ser siempre instrumentos para las grandes tareas de evangelización y servicio eclesial” (n. 7)

“El deber del obispo de enseñar, santificar y gobernar es, efectivamente, un deber personal, que no puede delegarse a otros”. (n. 7)

 

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