7º DOMINGO DE PASCUA (La Ascensión del Señor) Ciclo C

Jesucristo durante su vida terrena fue preparando a sus discípulos para el día de su partida. Primero les anuncia el momento de su Pasión y Muerte, para que no les llegue desprevenidos.

Cuando muere en la cruz y es sepultado, los Apóstoles experimentan ese vacío, ese sinsentido que se produce ante la ausencia de un ser querido, pero Jesucristo para ellos era mucho más, era quien llenaba su vida y le daba sentido. Habían dejado todo por seguirle, así que se encontraban perdidos, como ovejas sin pastor.

Al resucitar se llenan de alegría, recuperan la ilusión, y el sentido de la vida de Jesús y de su propia vida. Con ellos está el resucitado durante cuarenta días, instruyéndoles, acompañándoles...

"Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿A dónde vas?». Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy os lo enviaré" (Jn 16, 5-11).

Por segunda vez tienen que pasar, los discípulos, por el trance de la separación física de su Maestro, pero ahora les hace la promesa del Defensor, del Espíritu Santo: la Iglesia nunca estará sola, la acompaña la presencia y la acción constante del Espíritu Santo que la guiará hasta le verdad plena.

Cuando Jesús asciende al Cielo los discípulos quedan como paralizados al verle desaparecer de su vista. Tanto que un ángel les devuelve a la realidad: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al Cielo volverá como le habéis visto marcharse" (Hech 1, 11).

Jesús se ha ido, pero se ha quedado: En los Sacramentos, en la predicación de la Iglesia y, sobre todo, en la Eucaristía donde está real, verdadera y sustancialmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

"Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto" (Jn 24, 46-53).

El Señor ha ascendido a los cielos, pero volverá al fin de los tiempos a juzgar a vivos y a muertos. La Iglesia desde siempre ha rezado perseverantemente: "¡Ven Señor, Jesús!".

"El cristiano puede, en la oración y en la Eucaristía, tratarle como le trataron los primeros Doce, encenderse en su celo apostólico, para hacer con Él un servicio de corredención, que es sembrar la paz y la alegría" (Es Cristo que pasa n. 120).

La Virgen María también sintió la ausencia física de su Hijo, pero a la vez lo sentía cercano. Ella acompañó a los Apóstoles en la espera del Espíritu Santo.

(Domingo 12 de mayo de 2013)

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